BUEN SERVICIO
Bajo una lámpara de calor que cubre medio brazo hay tres cocineros y cuatro camareros. 1:30. Ninguno se levanta de las sillas. La transpiración y el alcohol de las botellas sobrantes adormecen el frío. Adentro, el calor aguarda en
Bajo una lámpara de calor que cubre medio brazo hay tres cocineros y cuatro camareros. 1:30. Ninguno se levanta de las sillas. La transpiración y el alcohol de las botellas sobrantes adormecen el frío. Adentro, el calor aguarda en el salón vacío.
Es sábado. Hace media hora que terminamos. La piel de los cocineros brillosa por la grasa caliente, las manos callosas por agarrar constantemente un cuchillo. Vendados, cortados, sus dedos agarran la cerveza; ríen con voz pesada. Una de las cocineras parece haber empezado a fumar. Me cuenta una historia de cuando era chica y vivía lejos de la capital, de cuando empujaba una bicicleta cuesta arriba, por cuadras, solo para tirarse en bajada lo más rápido posible. Le da una pitada más al cigarrillo.
El horario de entrada es a las 17:30. Hoy faltó uno de los cuatro que cocinan; para cuando yo llegué, a las 17:00 en punto como de costumbre, las dos cocineras ya estaban ahí. La lista tenía ocho tareas; hacer la comida del personal la cuento aparte, porque aísla a un