PRIMERO YO, DESPUÉS YO Y POR ÚLTIMO YO
Desde hace unos años, gran parte de los millennials y de la generación Z argentinos –en lo que bien puede considerarse un fenómeno mundial, catalizado por el surgimiento y la posterior masificación de las redes sociales– hicieron su propio repliegue hacia lo individual. La pérdida de confianza en las instituciones gubernamentales y, también, en los movimientos colectivos –ya sean partidos políticos o sindicatos– vino de la mano del resurgimiento de una concepción plenamente individualista de nuestras vidas.
No obstante, el retorno a lo individual no es un fenómeno únicamente de nuestros tiempos. Veintitrés siglos atrás, el sujeto aristotélico –un animal político para el que la ética es inseparable de la vida en la polis– vio erosionada su identidad ante la pérdida de autonomía que sufrieron las polis griegas a manos de los macedonios. ¿Qué solución encontraron aquellos ciudadanos? Un repliegue hacia el individuo. En ese momento comenzó a surgir una escuela de pensamiento cuyo principal eje consistía en encontrar la libertad interior, y que volvió a tener un lugar preponderante en nuestros tiempos: el estoicismo. Como las polis ya no podían ser autónomas, la autonomía debía buscarse en uno mismo. El centro de gravedad dejó de ser la vida ética del ciudadano desde la participación política y pasó a ser la propia persona.
Hoy, los discursos individualistas, fogoneados desde hace tiempo por influencers con millones de seguidores y por políticos mainstream (llámese el “colorado masivo” desde su departamento en Puerto Madero o el presidente de la nación), vienen calando cada vez más hondo en la sociedad. Ante la falta de soluciones prácticas a los problemas del país por parte de gobernantes que se jactan de representar una ideología que valora lo colectivo, las personas que vivieron gran parte de su vida con tasas altísimas de desempleo, informalidad laboral, indigencia y pobreza, además de la necesidad de volcarse al pluriempleo para llegar a fin de mes, empezaron a mirar con creciente credulidad las ideas de “emprendedurismo”, “sálvese quien pueda”, “sé tu propio jefe” y una larga sarta de conceptos que están vinculados con lo mismo: el regreso a lo individual y el abandono de lo colectivo. Como dijo Pablo Semán en After Office Now: “No hay individualismo sin representaciones sociales colectivas que valoren positivamente ciertos desempeños. Por ejemplo: ser autónomo, ser responsable, el desempeño, etc.” A esto me animo a agregar otra valoración: tener guita.
Este último valor, tan presente en la sociedad de hoy, choca de frente con la idea de desapego de lo material que tenían los estoicos. Parece que los vendedores de cursos no terminan de entenderlos. Pasamos del desapego de los bienes a su absoluta acumulación, de que los bienes no nos posean a valorar a la persona por cuántos ceros tiene en el banco, por lo caro del Rolex que se calza en la muñeca o por cuántos autos de lujo tiene. Lo único que les importa de los estoicos es el paso de la sociedad a uno mismo.
Esta nueva proliferación de identidades individuales se refleja también en la caída de la afiliación partidaria. Según los datos oficiales que publicó la Cámara Nacional Electoral en 2025, hoy el país cuenta con 7.937.948 afiliados, lo que representa un 22% del padrón electoral. Si nos remontamos a 2007 –en vísperas del auge de La Cámpora y sin una derecha partidaria fuerte– la cantidad de afiliados era de 8.292.347, el 30% de la totalidad del padrón en ese momento. Cabe aclarar que La Libertad Avanza, partido al que se afiliaron muchos jóvenes desde que Milei asumió la presidencia, tiene un enfoque filosófico totalmente individualista (bordeando la línea de decir que el pobre es pobre porque quiere y que la única forma de progresar en la vida es a partir de la voluntad que uno le ponga).
La forma en que las personas eligen representarse también puede revelarnos este giro individualista. Ante la pregunta “¿cómo te identificás?”, parece cada vez más normal encontrarse con respuestas como feliz, creativo/a, emprendedor/a, alegre, resiliente, productivo/a, y tantos otros adjetivos que apuntan todos en una misma dirección: categorías que describen cualidades individuales de las personas. En cambio, durante gran parte del siglo XX, si se hubiera hecho exactamente la misma pregunta, las respuestas habrían sido otras: peronista, anarquista, comunista, católico, nacionalista, conservador, obrero, sindicalista, etc. El cambio en las posibles respuestas que se habrían dado en ambas épocas no implica ni que estas identidades hayan desaparecido completamente ni que todas las personas en el siglo pasado hayan tenido una identidad colectiva bien marcada. Sin embargo, sí da cuenta de un desplazamiento en el centro de gravedad identitario, ya que cada vez es más frecuente definirse a partir de un atributo personal que hacerlo desde un grupo de pertenencia. Quizá el último bastión de una identidad colectiva fuerte y masiva sea la feminista.
Esta expansión de las identidades individuales, de la mirada puesta en uno mismo y no en quienes nos rodean, no se reduce a la política. En el mundo editorial, los libros de autoayuda viven un boom extraordinario. Estas recetas fáciles para problemas vitales también están entrando de lleno en la sociedad. Libros como No te Creas Todo lo que Piensas, de Joseph Nguyen; Este Dolor no es Mío, de Mark Wolynn; o La Teoría Let Them: la clave está en soltar, de Mel Robbins (autora bestseller del New York Times), están entre los más vendidos en las librerías.
El viejo repliegue estoico vuelve a nuestra era, pero transformado a conveniencia de las ideas que imperan en la actualidad: ya no hay desapego sino eficiencia, alto rendimiento, generación constante de valor y productividad. Yo-productivo, yo-enorme, yo-eficaz, yo-dios; como la realidad no se puede controlar, voy a controlar lo único que está a mi alcance: yo (Freud se estaría cagando de la risa).
Ante todo este panorama, ¿cómo podemos actuar quienes creemos en la importancia de los espacios colectivos y en un alejamiento del encierro individual como salida ante las profundas crisis personales, sociales y políticas que vive el país? ¿Volver a buscar las viejas identidades y organizaciones colectivas? ¿Esperar que de la nada vuelvan a surgir? El tiempo pasó. El mundo no es el mismo del siglo XX en donde lo colectivo era más popular que hoy. Las viejas identidades difícilmente vuelvan intactas. Lo más probable es que el tiempo de algunas ya haya pasado.
El desafío que se impone hoy es buscar el surgimiento de nuevas identidades colectivas. La disputa que se plantea no es recuperar lo perdido, sino pensar qué tipo de nosotros puede llegar a surgir después de la victoria del yo.