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¿QUIÉN DIJO QUE MURIÓ EL ROCK?

Resulta cuanto menos intrigante observar cómo el paso del tiempo se encarga de hundir a las bandas forjadas en nuestro país cada vez más en el mar del olvido. Sin embargo, lejos de respetar una lógica temporal y cultural, el rock nacional se mueve sustancialmente en el sentido opuesto a la obsolescencia. Los grupos como Serú Girán o Pescado Rabioso traen consigo un discurso, que pese a ser una radiografía de la sociedad argentina de antaño, se puede aplicar casi en su totalidad al contexto político, económico y social actual. Aunque cabe destacar que luego de una progresiva extinción y deterioro de aquellos referentes de los años 70, 80 y 90, no se generó el recambio necesario para el “traspaso de mando” de los Spinetta, los García, los Solari, hacia nuevas voces. Al menos esa es la creencia colectiva de gran parte de quienes se sienten o sintieron identificados con este movimiento masivo. 

Ahora bien, sería simplista casarse con un análisis de este tipo, principalmente porque estaríamos pasando por alto nuestra historia como sociedad, arraigada en la lucha, a la expresión, a la posibilidad de un futuro distinto. Porque como dijo Luis Alberto Spinetta “Mañana es mejor”. Y si efectivamente mañana es mejor, entonces, ¿es posible que el rock nacional “haya muerto”? ¿Puede realmente morir un género tan arraigado a nuestra sociedad?

En este análisis que coloca al rock nacional como un ser coexistente con otros movimientos, dentro de un ecosistema cuyos límites son dibujados día a día por nuevos acordes, desconocer su enfermedad sería una picardía. 

Como si de la ley de la vida se tratase, al crecer y llegar a cierta edad, la fragilidad en su ciclo empezó a ser un tema recurrente, y ante la aparición de otros géneros joviales, el movimiento comenzó a encontrarse con grandes problemas para mantenerse vigente, sobre todo a partir del siglo XXI. Para comprender la lucha con la enfermedad y el estado actual del género que en algún momento removió los cimientos políticos y sociales de la Argentina, hay que situarnos en la transición del siglo XX al XXI, sobre todo los primeros años de los 2000, y tener en cuenta las distintas causas del malestar.

El primer síntoma fue el ascenso de la competencia: La confrontación con estilos y géneros nuevos como el rap, la música electrónica, y posteriormente el trap. Esta “batalla” se perdió en el mismo momento en que muchas de las bandas de rock emergentes comenzaron a mermar en cuanto a su esencia, solo para complacer a un público que estaba en la búsqueda de nuevos sonidos, nuevas insignias y banderas. Sin embargo, es importante hacer un alto en este punto, esto no significa que el rock argentino no debería haber cambiado, de hecho el reconocimiento y la consecuente consagración que caracteriza a los grandes próceres del movimiento fue conseguido justamente por su capacidad de reinventarse. El problema se originó a partir de la reacción de los “genios” creativos y sus bandas ante la existencia de un público que veía en el género algo prescindible y anticuado. Comenzaron a abundar las propuestas que fusionaban el rock con todo tipo de sonido, por el mero hecho de perseguir a un oyente que ya no quería escucharlos, que buscaban otra cosa.

Surgió una nueva problemática, la de insistir fervientemente con la renovación forzada de elementos básicos y trascendentales del rock: Las salas de ensayo, la sensación vintage de escuchar un disco que te genere sensaciones encontradas, instrumentos con sonidos dotados de unicidad, canciones con un mensaje. Estos aspectos elementales del género se sustituyeron por sonidos pop, 100% electrónicos, con poco carácter, y una liviandad propia de personas que no quieren involucrarse en las problemáticas urbanas o llamar a la reflexión de su público.

Aquí yace la segunda causa de la enfermedad, que está lejos de ser una novedad, pero no por eso deja de ser un factor a tener en cuenta: Los intereses de las grandes disqueras y de las distribuidoras musicales. Este tema está ligado directamente con la causa mencionada anteriormente, principalmente porque los empresarios de dicho universo, tienen poco interés por si lo que están promocionando es una pieza compuesta por acordes con séptima disminuida en aquellas épocas, o una canción hecha con la Inteligencia Artificial en la actualidad. A ellos en su gran mayoría solo les compete aquello que vende. 

En un contexto complejo a partir del cambio de milenio, la venta de discos a mayoristas cayó 47,22% en el primer cuatrimestre del 2000 respecto a 1999, y las ventas al público cayeron 30% (cifras de la Cámara Argentina de Productores de Fonogramas y Videogramas). El panorama se tornó aún más oscuro con la crisis del 2001 en donde las disqueras debieron reducir drásticamente los presupuestos. En esta época caracterizada por la austeridad, en conjunto con la ebullición de otros géneros representativos para la juventud como el pop (el de las boy bands y las divas), o el rap con su fusión R&B, fue que el rock nacional emergente parecía desvanecerse lentamente.

El punto más crítico de la enfermedad fue sin dudas lo sucedido en la tragedia de Cromañón, aquel 30 de diciembre de 2004. Un incendio durante un recital de Callejeros, plagado de irregularidades, que ocasionó la muerte de 194 personas, casi en su totalidad jóvenes, y más de 1.400 heridos. El análisis y la crónica respecto a la tragedia de aquel día merece un texto aparte de otra dimensión en el cual se desglosen las causas y efectos posteriores. No obstante, es imposible seguir con el análisis macro de esta nota sin mencionar la catástrofe de aquella noche de verano. Significó un golpe devastador para toda banda en crecimiento a principios del milenio, de un género que ya venía en deterioro, con propuestas musicales que apuntaban a una estética cruda y desordenada, el famoso “rock chabón”. Este se hallaba lejos del virtuosismo que circulaba como moneda corriente algunos años atrás, pero conservaba un mensaje claro: hablar de la realidad dura y caótica atravesada por los jóvenes de barrios populares, principalmente de Buenos Aires y alrededores.

Los años subsiguientes hallaron al rock en un segundo plano, con algo peor que el rechazo: la indiferencia. Sin embargo, algunas bandas o proyectos musicales fueron la excepción a la regla, como Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, Divididos, entre otros. Casi en su totalidad, las agrupaciones con un éxito moderado que sobrevivieron estos años fueron creadas previo al cambio de milenio, y ninguna generó un estallido social o cultural que siquiera haya estado cerca de dejar una huella en la sociedad argentina. 

Pasaron algunos años, y con el cambio de década (desde 2010 en adelante), se generó el fenómeno que dió lugar a nuevos horizontes, que permitió al rock argentino sentirse nuevamente con vida: el rock indie. Con exponentes que venían remando desde abajo como Él Mató a un Policía Motorizado o El Kuelgue, nacidas en 2004, pero inmersas en el anonimato durante años. A estas se les suman nuevas propuestas, entre las que destacan Perras On The Beach y Conociendo Rusia, y en conjunto significaron un vaso de agua en el desierto. Se hallaron nuevas formas de representatividad, que pese a ser amenazadas por una barrera sanitaria con un sinfín de restricciones, como lo fue la pandemia en el año 2020, posibilitaron la expresión indemne de una porción de la sociedad recluida entre las sombras.

La traumática cuarentena, que en Argentina se extendió durante prácticamente un año completo, originó un nuevo despertar en la juventud. En un mundo cada vez más atravesado por los paradigmas tecnológicos y las relaciones de carácter virtual, se vieron amenazadas aquellas garantías sociales y vinculares de la cultura moderna, innegociables para gran parte de la humanidad. La necesidad de congregación, contacto físico y exposición sentimental desembocaron en una nueva corriente de expresión, y con el fin de las medidas restrictivas de aislamiento preventivo, el sismo provocado por las guitarras empolvadas hace algunos años no se hizo esperar.

Luego de la pandemia, emergieron innumerables bandas con proyectos musicales más que interesantes, y con ellos reflotaron algunas tribus urbanas de antaño. El estandarte “rolinga”, que se creía extinto o cuanto menos desaparecido en acción, emergió de las cenizas aunque con algunos cambios. Este novedoso “neo rolinga” post pandémico trajo consigo las viejas costumbres del aguante, el alcohol, el sudor y la disrupción ante una sociedad cada día más disciplinada. No obstante, algunos vicios como las bengalas y la violencia orquestada parecen haber mermado (aunque siempre haya excepciones a la regla). 

Además, se originó una comunión con otros subgrupos representativos dentro de las juventudes porteñas, como por ejemplo: el “hippie con osde”. Son personas que en su amplia mayoría asistieron a colegios privados o colegios públicos de renombre, quienes no parecen haber padecido ninguna carencia en lo que a necesidades básicas refiere, cuyas familias les garantizan un sostén económico mientras exploran el mundo artístico. Sus intereses por la cultura los acerca por lo general a espacios como el arte plástico, el diseño y la música. No solo en el rock, sino también en otros ambientes como la electrónica, el pop o el R&B.

Esta fusión arroja como resultado una música con estética rolinga, caracterizada por los pogos, el movimiento constante, y una cosmovisión más barrial, combinada con letras y búsquedas que no se centran específicamente en hacer una crítica directa a la sociedad, al sistema, ni a las instituciones. Por el contrario, el foco está puesto en pasarla bien, componer y escuchar música festiva, y dejar atrás aquella privación de la libertad impuesta por los Estados años atrás. Entre los novedosos exponentes se destaca La Grecia, banda que está gozando de un gran éxito luego de publicar “Lady Garrón”, su segundo disco, en diciembre de 2025, que les permitió recorrer el interior del país, e incluso presentarse en distintas ocasiones en Uruguay. Otras bandas que están pisando fuerte son Hestald e Ira Medicinal, dos conjuntos que están forjando un nombre dentro de la escena porteña, con múltiples conciertos a lo largo de todo Buenos Aires. Todas ellas son las nuevas voces de los pibes y pibas que salen más allá del algoritmo y se interesan en conectar con un otro de manera real y física. 

Hoy en día es normal caminar por las veredas de Buenos Aires y toparse con una “zapada” en medio de la calle a las 7 de la tarde o a las 4 de la mañana. Además, es sorprendente la cantidad de eventos que se realizan en bares, boliches y centros culturales, repletos de propuestas musicales de todo tipo, que congregan a cientos y miles de jóvenes cada semana. El movimiento de la escena del rock emergente destaca justamente por el momento crítico respecto a la baja del consumo y las complicaciones económicas de cualquier familia a nivel país. De acuerdo con un informe del economista Nadin Argañaraz para el IARAF, los trabajadores privados registrados perdieron un 20% de su poder adquisitivo desde 2017, y los empleados públicos, un 34%. El salario mínimo muestra un deterioro todavía más largo: según el IIEP-UBA, en marzo de 2026 equivalía apenas a un tercio de su máximo histórico, alcanzado en septiembre de 2011, y entre noviembre de 2023 y julio de 2026 perdió un 40,5% de su valor real. Estas problemáticas, pese a empeorar el presente de gran parte de la población argentina, le devolvieron al rock su espíritu combativo de respuesta ante el malestar general, ya no necesariamente desde la crítica directa como en sus orígenes, sino en el mero hecho de la disrupción y despreocupación frente a una sociedad cada vez más disciplinada.

Por otra parte, no solo aumentaron los conciertos y las fechas en vivo, sino que también este fenómeno se trasladó a la reproducción del género en los dispositivos móviles. El 21 de julio del año 2025, en conmemoración el Día Nacional del Rock (aniversario de nacimiento de Litto Nebbia, compositor de La Balsa entre otros grandes éxitos), Spotify emitió un comunicado brindando cifras oficiales respecto a las reproducciones del rock nacional en Argentina: Anunció un crecimiento del 90% en reproducciones en los últimos 5 años. Sumado a que el 55% de la generación Z lo escucha ocasionalmente. Además, a fines de 2025 confirmó al rock argentino como el género más escuchado del año a nivel nacional. Estas estadísticas son las últimas de público conocimiento divulgadas por la empresa estadounidense.

Afortunadamente, los referentes que han sobrevivido al caótico siglo XXI como Ciro Martínez, David Lebón o Fito Páez, se están encargando de guiar a toda esta nueva generación de pibes y pibas con inquietudes, dispuestos a buscar respuestas en aquellos lugares incómodos. No es extraño encontrar a artistas de tal estirpe tocando en un bar cualquiera con nuevos músicos disruptivos, aquellos destinados a llevar las banderas de un movimiento en plena reconstrucción.

Si se analiza al género y sus exponentes e influencias, pero principalmente si se tiene en cuenta la presencia del rock en la cosmovisión del argentino promedio, resulta prácticamente imposible que un género de tal magnitud pueda desaparecer, porque justamente no es solo música, se transformó en un movimiento popular y representativo. Sin embargo, es importante aclarar que este sí cayó enfermo y luego de mucho tiempo está ingresando la etapa final de su recuperación. Parece haber respondido al tratamiento de tinte social, motorizado por las desestabilizaciones constantes a la juventud argentina y por el deterioro sostenido de la calidad de vida de la ciudadanía originado por los últimos gobiernos a cargo de la República (desde el segundo gobierno de Cristina Fernández de Kirchner en adelante). 

Llegando al ocaso del presente texto, es factible decir que fue necesario atravesar esta etapa transicional, de oscuridad y enfermedad, que puso en duda el movimiento del rock nacional. Un género que atravesó la pérdida de la mayoría de sus referentes, que fue desplazado por la irrupción de nuevos movimientos, y además se vio manchado por tragedias como la de República Cromañón, encontró en la crisis un espacio de autocrítica. La posibilidad de hallar tela sobre la cual cortar es casi tan importante como su origen, es aquello que garantiza la inmortalidad. El poder barajar y dar de nuevo, para reinventarse, una vez más.