Primer Número
Resulta cuanto menos intrigante observar cómo el paso del tiempo se encarga de hundir a las bandas forjadas en nuestro país cada vez más en el mar del olvido. Sin embargo, lejos de respetar una lógica temporal y cultural, el rock nacional se mueve sustancialmente en el sentido opuesto a la obsolescencia. Los grupos como Serú Girán o Pescado Rabioso traen consigo un discurso, que pese a ser una radiografía de la sociedad argentina de antaño, se puede aplicar casi en su totalidad al contexto político, económico y social actual. Aunque cabe destacar que luego de una progresiva extinción y deterioro de aquellos referentes de los años 70, 80 y 90, no se generó el recambio necesario para el “traspaso de mando” de los Spinetta, los García, los Solari, hacia nuevas voces. Al menos esa es la creencia colectiva de gran parte de quienes se sienten o sintieron identificados con este movimiento masivo.
Ahora bien, sería simplista casarse con un análisis de este tipo, principalmente porque estaríamos pasando por alto nuestra historia como sociedad, arraigada en la lucha, a la expresión, a la posibilidad de un futuro distinto. Porque como dijo Luis Alberto Spinetta “Mañana es mejor”. Y si efectivamente mañana es mejor, entonces, ¿es posible que el rock nacional “haya muerto”? ¿Puede realmente morir un género tan arraigado a nuestra sociedad?
En este análisis que coloca al rock nacional como un ser coexistente con otros movimientos, dentro de un ecosistema cuyos límites son dibujados día a día por nuevos acordes, desconocer su enfermedad sería una picardía.
Como si de la ley de la vida se tratase, al crecer y llegar a cierta edad, la fragilidad en su ciclo empezó a ser un tema recurrente, y ante la aparición de otros géneros joviales, el movimiento comenzó a encontrarse con grandes problemas para mantenerse vigente, sobre todo a partir del siglo XXI. Para comprender la lucha con la enfermedad y el estado actual del género que en algún momento removió los cimientos políticos y sociales de la Argentina, hay que situarnos en la transición del siglo XX al XXI, sobre todo los primeros años de los 2000, y tener en cuenta las distintas causas del malestar.
El primer síntoma fue el ascenso de la competencia: La confrontación con estilos y géneros nuevos como el rap, la música electrónica, y posteriormente el trap. Esta “batalla” se perdió en el mismo momento en que muchas de las bandas de rock emergentes comenzaron a mermar en cuanto a su esencia, solo para complacer a un público que estaba en la búsqueda de nuevos sonidos, nuevas insignias y banderas. Sin embargo, es importante hacer un alto en este punto, esto no significa que el rock argentino no debería haber cambiado, de hecho el reconocimiento y la consecuente consagración que caracteriza a los grandes próceres del movimiento fue conseguido justamente por su capacidad de reinventarse. El problema se originó a partir de la reacción de los “genios” creativos y sus bandas ante la existencia de un público que veía en el género algo prescindible y anticuado. Comenzaron a abundar las propuestas que fusionaban el rock con todo tipo de sonido, por el mero hecho de perseguir a un oyente que ya no quería escucharlos, que buscaban otra cosa.
Surgió una nueva problemática, la de insistir fervientemente con la renovación forzada de elementos básicos y trascendentales del rock: Las salas de ensayo, la sensación vintage de escuchar un disco que te genere sensaciones encontradas, instrumentos con sonidos dotados de unicidad, canciones con un mensaje. Estos aspectos elementales del género se sustituyeron por sonidos pop, 100% electrónicos, con poco carácter, y una liviandad propia de personas que no quieren involucrarse en las problemáticas urbanas o llamar a la reflexión de su público.
Aquí yace la segunda causa de la enfermedad, que está lejos de ser una novedad, pero no por eso deja de ser un factor a tener en cuenta: Los intereses de las grandes disqueras y de las distribuidoras musicales. Este tema está ligado directamente con la causa mencionada anteriormente, principalmente porque los empresarios de dicho universo, tienen poco interés por si lo que están promocionando es una pieza compuesta por acordes con séptima disminuida en aquellas épocas, o una canción hecha con la Inteligencia Artificial en la actualidad. A ellos en su gran mayoría solo les compete aquello que vende.
En un contexto complejo a partir del cambio de milenio, la venta de discos a mayoristas cayó 47,22% en el primer cuatrimestre del 2000 respecto a 1999, y las ventas al público cayeron 30% (cifras de la Cámara Argentina de Productores de Fonogramas y Videogramas). El panorama se tornó aún más oscuro con la crisis del 2001 en donde las disqueras debieron reducir drásticamente los presupuestos. En esta época caracterizada por la austeridad, en conjunto con la ebullición de otros géneros representativos para la juventud como el pop (el de las boy bands y las divas), o el rap con su fusión R&B, fue que el rock nacional emergente parecía desvanecerse lentamente.
El punto más crítico de la enfermedad fue sin dudas lo sucedido en la tragedia de Cromañón, aquel 30 de diciembre de 2004. Un incendio durante un recital de Callejeros, plagado de irregularidades, que ocasionó la muerte de 194 personas, casi en su totalidad jóvenes, y más de 1.400 heridos. El análisis y la crónica respecto a la tragedia de aquel día merece un texto aparte de otra dimensión en el cual se desglosen las causas y efectos posteriores. No obstante, es imposible seguir con el análisis macro de esta nota sin mencionar la catástrofe de aquella noche de verano. Significó un golpe devastador para toda banda en crecimiento a principios del milenio, de un género que ya venía en deterioro, con propuestas musicales que apuntaban a una estética cruda y desordenada, el famoso “rock chabón”. Este se hallaba lejos del virtuosismo que circulaba como moneda corriente algunos años atrás, pero conservaba un mensaje claro: hablar de la realidad dura y caótica atravesada por los jóvenes de barrios populares, principalmente de Buenos Aires y alrededores.
Los años subsiguientes hallaron al rock en un segundo plano, con algo peor que el rechazo: la indiferencia. Sin embargo, algunas bandas o proyectos musicales fueron la excepción a la regla, como Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, Divididos, entre otros. Casi en su totalidad, las agrupaciones con un éxito moderado que sobrevivieron estos años fueron creadas previo al cambio de milenio, y ninguna generó un estallido social o cultural que siquiera haya estado cerca de dejar una huella en la sociedad argentina.
Pasaron algunos años, y con el cambio de década (desde 2010 en adelante), se generó el fenómeno que dió lugar a nuevos horizontes, que permitió al rock argentino sentirse nuevamente con vida: el rock indie. Con exponentes que venían remando desde abajo como Él Mató a un Policía Motorizado o El Kuelgue, nacidas en 2004, pero inmersas en el anonimato durante años. A estas se les suman nuevas propuestas, entre las que destacan Perras On The Beach y Conociendo Rusia, y en conjunto significaron un vaso de agua en el desierto. Se hallaron nuevas formas de representatividad, que pese a ser amenazadas por una barrera sanitaria con un sinfín de restricciones, como lo fue la pandemia en el año 2020, posibilitaron la expresión indemne de una porción de la sociedad recluida entre las sombras.
La traumática cuarentena, que en Argentina se extendió durante prácticamente un año completo, originó un nuevo despertar en la juventud. En un mundo cada vez más atravesado por los paradigmas tecnológicos y las relaciones de carácter virtual, se vieron amenazadas aquellas garantías sociales y vinculares de la cultura moderna, innegociables para gran parte de la humanidad. La necesidad de congregación, contacto físico y exposición sentimental desembocaron en una nueva corriente de expresión, y con el fin de las medidas restrictivas de aislamiento preventivo, el sismo provocado por las guitarras empolvadas hace algunos años no se hizo esperar.
Luego de la pandemia, emergieron innumerables bandas con proyectos musicales más que interesantes, y con ellos reflotaron algunas tribus urbanas de antaño. El estandarte “rolinga”, que se creía extinto o cuanto menos desaparecido en acción, emergió de las cenizas aunque con algunos cambios. Este novedoso “neo rolinga” post pandémico trajo consigo las viejas costumbres del aguante, el alcohol, el sudor y la disrupción ante una sociedad cada día más disciplinada. No obstante, algunos vicios como las bengalas y la violencia orquestada parecen haber mermado (aunque siempre haya excepciones a la regla).
Además, se originó una comunión con otros subgrupos representativos dentro de las juventudes porteñas, como por ejemplo: el “hippie con osde”. Son personas que en su amplia mayoría asistieron a colegios privados o colegios públicos de renombre, quienes no parecen haber padecido ninguna carencia en lo que a necesidades básicas refiere, cuyas familias les garantizan un sostén económico mientras exploran el mundo artístico. Sus intereses por la cultura los acerca por lo general a espacios como el arte plástico, el diseño y la música. No solo en el rock, sino también en otros ambientes como la electrónica, el pop o el R&B.
Esta fusión arroja como resultado una música con estética rolinga, caracterizada por los pogos, el movimiento constante, y una cosmovisión más barrial, combinada con letras y búsquedas que no se centran específicamente en hacer una crítica directa a la sociedad, al sistema, ni a las instituciones. Por el contrario, el foco está puesto en pasarla bien, componer y escuchar música festiva, y dejar atrás aquella privación de la libertad impuesta por los Estados años atrás. Entre los novedosos exponentes se destaca La Grecia, banda que está gozando de un gran éxito luego de publicar “Lady Garrón”, su segundo disco, en diciembre de 2025, que les permitió recorrer el interior del país, e incluso presentarse en distintas ocasiones en Uruguay. Otras bandas que están pisando fuerte son Hestald e Ira Medicinal, dos conjuntos que están forjando un nombre dentro de la escena porteña, con múltiples conciertos a lo largo de todo Buenos Aires. Todas ellas son las nuevas voces de los pibes y pibas que salen más allá del algoritmo y se interesan en conectar con un otro de manera real y física.
Hoy en día es normal caminar por las veredas de Buenos Aires y toparse con una “zapada” en medio de la calle a las 7 de la tarde o a las 4 de la mañana. Además, es sorprendente la cantidad de eventos que se realizan en bares, boliches y centros culturales, repletos de propuestas musicales de todo tipo, que congregan a cientos y miles de jóvenes cada semana. El movimiento de la escena del rock emergente destaca justamente por el momento crítico respecto a la baja del consumo y las complicaciones económicas de cualquier familia a nivel país. De acuerdo con un informe del economista Nadin Argañaraz para el IARAF, los trabajadores privados registrados perdieron un 20% de su poder adquisitivo desde 2017, y los empleados públicos, un 34%. El salario mínimo muestra un deterioro todavía más largo: según el IIEP-UBA, en marzo de 2026 equivalía apenas a un tercio de su máximo histórico, alcanzado en septiembre de 2011, y entre noviembre de 2023 y julio de 2026 perdió un 40,5% de su valor real. Estas problemáticas, pese a empeorar el presente de gran parte de la población argentina, le devolvieron al rock su espíritu combativo de respuesta ante el malestar general, ya no necesariamente desde la crítica directa como en sus orígenes, sino en el mero hecho de la disrupción y despreocupación frente a una sociedad cada vez más disciplinada.
Por otra parte, no solo aumentaron los conciertos y las fechas en vivo, sino que también este fenómeno se trasladó a la reproducción del género en los dispositivos móviles. El 21 de julio del año 2025, en conmemoración el Día Nacional del Rock (aniversario de nacimiento de Litto Nebbia, compositor de La Balsa entre otros grandes éxitos), Spotify emitió un comunicado brindando cifras oficiales respecto a las reproducciones del rock nacional en Argentina: Anunció un crecimiento del 90% en reproducciones en los últimos 5 años. Sumado a que el 55% de la generación Z lo escucha ocasionalmente. Además, a fines de 2025 confirmó al rock argentino como el género más escuchado del año a nivel nacional. Estas estadísticas son las últimas de público conocimiento divulgadas por la empresa estadounidense.
Afortunadamente, los referentes que han sobrevivido al caótico siglo XXI como Ciro Martínez, David Lebón o Fito Páez, se están encargando de guiar a toda esta nueva generación de pibes y pibas con inquietudes, dispuestos a buscar respuestas en aquellos lugares incómodos. No es extraño encontrar a artistas de tal estirpe tocando en un bar cualquiera con nuevos músicos disruptivos, aquellos destinados a llevar las banderas de un movimiento en plena reconstrucción.
Si se analiza al género y sus exponentes e influencias, pero principalmente si se tiene en cuenta la presencia del rock en la cosmovisión del argentino promedio, resulta prácticamente imposible que un género de tal magnitud pueda desaparecer, porque justamente no es solo música, se transformó en un movimiento popular y representativo. Sin embargo, es importante aclarar que este sí cayó enfermo y luego de mucho tiempo está ingresando la etapa final de su recuperación. Parece haber respondido al tratamiento de tinte social, motorizado por las desestabilizaciones constantes a la juventud argentina y por el deterioro sostenido de la calidad de vida de la ciudadanía originado por los últimos gobiernos a cargo de la República (desde el segundo gobierno de Cristina Fernández de Kirchner en adelante).
Llegando al ocaso del presente texto, es factible decir que fue necesario atravesar esta etapa transicional, de oscuridad y enfermedad, que puso en duda el movimiento del rock nacional. Un género que atravesó la pérdida de la mayoría de sus referentes, que fue desplazado por la irrupción de nuevos movimientos, y además se vio manchado por tragedias como la de República Cromañón, encontró en la crisis un espacio de autocrítica. La posibilidad de hallar tela sobre la cual cortar es casi tan importante como su origen, es aquello que garantiza la inmortalidad. El poder barajar y dar de nuevo, para reinventarse, una vez más.
Bajo una lámpara de calor que cubre medio brazo hay tres cocineros y cuatro camareros. 1:30. Ninguno se levanta de las sillas. La transpiración y el alcohol de las botellas sobrantes adormecen el frío. Adentro, el calor aguarda en el salón vacío.
Es sábado. Hace media hora que terminamos. La piel de los cocineros brillosa por la grasa caliente, las manos callosas por agarrar constantemente un cuchillo. Vendados, cortados, sus dedos agarran la cerveza; ríen con voz pesada. Una de las cocineras parece haber empezado a fumar. Me cuenta una historia de cuando era chica y vivía lejos de la capital, de cuando empujaba una bicicleta cuesta arriba, por cuadras, solo para tirarse en bajada lo más rápido posible. Le da una pitada más al cigarrillo.
El horario de entrada es a las 17:30. Hoy faltó uno de los cuatro que cocinan; para cuando yo llegué, a las 17:00 en punto como de costumbre, las dos cocineras ya estaban ahí. La lista tenía ocho tareas; hacer la comida del personal la cuento aparte, porque aísla a un cocinero por el resto de la hora. Entonces son cuatro cada uno y a meterle. Los días atareados son lógicamente silenciosos; los sábados, a veces, todavía más.
La cocina tiene una plancha de un metro de largo, una freidora con dos canastos, una mesada fina de acero inoxidable y ocho hornallas de izquierda a derecha. Enfrente, con vista al pase —donde se suben los platos listos para salir—, hay dos mesadas separadas por una columna. Como está abierta al público, cada movimiento puede ser cómodamente escrutado por un comensal exigente desde la barra de tragos; o por uno que no lo es tanto, pero que quiere impresionar. Si ese cliente hace un esfuerzo, puede ver al bachero limpiar con una rapidez que haría morir de envidia a cualquier lavavajillas.
Se prenden los fuegos, el metal de los cuchillos comienza a morder el plástico en un crescendo rítmico, el extractor se enciende, el humo sube, los camareros empiezan a preparar las mesas. La sobadora chilla y chilla, las masas disminuyen su grosor y estiran su largo; el aceite caliente tuesta y carameliza las verduras lentamente: son lo único que por ahora no se mueve en la cocina. En las mesas aparecen cubierteros, servilletas dobladas, velas prendidas, vasos apilados; pequeñas cartas color rosa cantan el menú, la máquina de agua trabaja sin cansancio preparando botellas con y sin gas. Son las 18:30 y el extractor se traga tanto el humo como las risas, las canciones y las órdenes; yo llamo para pedir helado, el encargado me pregunta si pedí helado. Le digo que sí, que en unos minutos llega.
Lavé el delantal, y cada vez que lo lavo me toca trabajar con harinas. Con dos mangas de plástico dibujo puntos de calabaza de dos dedos de grosor, separados por dos dedos de espacio, sobre una lámina de masa amarilla. Pincelo con yema de huevo, miro el reloj, 18:45. La enrollo sobre sí misma, paso el cortante dentado a lo largo, aprieto de afuera hacia adentro para eliminar el aire de los costados, ahora del medio hacia afuera, asfixio los laterales de cada punto hasta darles forma de caramelo. Paso el cortante otra vez, ahora verticalmente, por cada uno de los extremos. Repito esta operación tres veces por lámina: me dan ocho agnolottis por tira, veinticuatro por lámina. Termino las cuatro láminas. Son noventa y seis unidades, doce porciones totales. Tardé cuarenta minutos.
19:00. Frenéticamente comenzamos a preparar cada estación. Limpiamos, secamos, ordenamos, organizamos. Ojalá no venga nadie, ojalá no pidan sándwiches, ojalá explote y la propi esté buena, ojalá. Recargamos los descartables con todos los componentes de los platos: deshojamos, llenamos, calentamos, afilamos. Una vez listo, comemos el perso. Alrededor de una mesa en el patio techado, el de los almohadones, cuento las ojeras: dos por cara, me dan veinticuatro, más las mías son veintiséis. Entre trece personas no hacemos una despierta. La comida está rica, tragamos el plato en menos de diez minutos; el encargado no come, una camarera tampoco, otro come por dos y a lo lejos se escucha el ruido de la comandera imprimiendo los tickets que deciden la noche.
20:00, delantales puestos, trapos a los costados. Las manos se mueven con impaciencia, se relajan y se tensan; se escuchan dos bostezos, un chiste y los pasos de alguien que se olvidó algo antes de empezar. En medio de una conversación irrumpe la primera orden: ¡ENTRAN: FRITAS, BUEN SERVICIO!
La cocina se convierte en lo más parecido a un submarino. El afuera es tan solo una inundación de ruidos ajenos, las comandas son ahora el radar, cada cocinero es líder en su pequeña estación. Pasos, sartenes calientes, ¡VOY ATRÁS!, mamaderas de mayonesa que explotan, la comandera que regurgita orden tras orden, que presiona los cuerpos al orden, a la eficiencia. Las plazas se anegan, los camareros se esconden breves segundos en el depósito, los platos blancos se apilan en torres y desbordan cada mesada. Cuento veinte platos en menos de cinco minutos; aparecen las manos de mi compañera, sonrío; voy atrás, giro, armo dos platos, saco otros dos, ella sube cuatro, tira a la plancha uno más, saco dos postres y dejo dos cociéndose lentamente. Ella se da vuelta y canta dos comandas de otra estación, vuelve para acá, saca tres más y emplato tres. La campana suena y avisa que la comida se enfría; el salón se llena todavía más. Pasa el bachero: “afuera hay fila”. 21:25.
La camisa azul se pega contra mi espalda, me toco el pelo y voy directo a lavarme las manos. Una de las cocineras se sienta y mira un punto fijo. La otra se va a recargar su plaza. 21:45. Apoyo las manos sobre la mesada, trato de incorporarme; me rindo y apoyo los brazos enteros. Las dos bachas rebalsan de platos y copas con marcas de pintalabios. Lavo los trapos, las manos otra vez, vuelvo, tomo un vaso de agua; no había tomado nada en toda la noche. 22:00, quedan dos horas y media.
23:00. La comandera ya no grita; pide débil pero constante. Los tickets se espacian, llegan cada vez más vacíos. Las ojeras se profundizan, los suspiros se alargan, los latidos vuelven a su lugar y el tango feroz del primer turno se diluye en un tímido lento, entre un equipo extenuado, una máquina que susurra y un reloj que dilata cada hora.
23:45. Solo queda el azúcar de los rolls de canela caramelizándose; la masa, tapada por bowls negros, crece y promete un cierre, pronto.
Traemos tapas, achicamos descartables. Reducimos a la mínima expresión, ocupamos lo indispensable, rotulamos con ítem, fecha y nombre de quien lo hizo.
El bachero llenó dos baldes, uno violeta con lavandina y otro verde con detergente. Cargamos tres bowls más: dos con detergente, uno con desengrasante. Cerramos, tapamos, guardamos, contamos. Apoyo los últimos dos postres sobre los platos. La olla de agua caliente está casi vacía; hundo la cuchara de plata vieja, la dejo un segundo de más y, con un movimiento fluido y continuo, curvo el helado de crema americana sobre sí mismo. Coloco la bocha ovalada sobre el postre y dibujo sobre él líneas de caramelo a la misma distancia. Lo termino con unos cristales de sal. 0:30.
¿Qué se limpia? Todo, y en este orden: se enjabona, se desengrasa, se enjuaga, se seca, se fajina; el piso; los cuchillos, las pinzas, las cucharas, los termómetros; y por último, sin decir nada, los brazos y las caras.
Es sábado, 1:30. Hace media hora nos sentamos. La lámpara de calor alumbra medio cuerpo y es suficiente; del otro medio se ocupa el viento fresco. El extractor, los gritos, los cuchillos dejaron de sonar. Mi compañera se prende un pucho; tal vez no es que fume, tal vez solamente está muy cansada. Me cuenta de cuando empujaba su bicicleta varias cuadras con la única misión de tirarse en bajada; es lo único que escucho. Miro a mi alrededor y cuento todas las ojeras, me dan dieciséis; algunos ojos ya se van cerrando. Cuento las risas y al encargado que todavía no quiere sentarse.
Paso la mano por el pelo y suspiro. Siento el calor sobre el brazo y la espalda sobre las tres barras de metal de la silla. Me levanto sin ganas, camino sin ganas, agarro la mochila sin ganas. Saludo. Mis compañeros todavía ríen y yo quiero reír con ellos, pero hoy ya es domingo y en unas horas volvemos.
Vuelvo pensando en cuando era chico, en el ruido de la comandera, en que me quiero acostar. En la heladera quedan once descartables sobre una batea de plástico blanco, con el nombre de cinco personas distintas escrito con Sharpie negro sobre cinta de papel. La pizarra blanca canta un stock bajo y avisa que el martes se viene con todo. Me imagino sobre una bicicleta y respiro con la ventana del Uber baja. Veo la luna oculta entre nubes; me imagino fuera de la ciudad.
El dolor, en su definición biológica, es una señal de alarma: el sistema nervioso advierte sobre un daño inminente o ya existente. Pero cuando se vuelve crónico, difuso y sin una causa lesional evidente, las certezas de la medicina tradicional empiezan a resquebrajarse. Ese es el escenario de la fibromialgia: dolor musculoesquelético generalizado, fatiga persistente, trastornos del sueño y alteraciones cognitivas, con un origen que todavía se discute intensamente en las ciencias médicas.
Durante décadas, la epidemiología clásica la abordó con su método de siempre: la búsqueda de factores de riesgo individuales, de biomarcadores específicos y de cadenas causales lineales. Ese esquema fue muy eficaz contra las enfermedades infecciosas, donde se podía identificar un agente discreto y una cadena causal relativamente simple. Pero cuando ese supuesto desaparece, como ocurre con los padecimientos crónicos, el paradigma no se adapta: reproduce la misma lógica con variables sustitutas —el gen, el rasgo de personalidad, el hábito de vida— sin cuestionar la arquitectura conceptual que las sostiene.
Con la fibromialgia, además, los estudios de laboratorio y las imágenes no muestran alteraciones visibles. Al no poder encajarla en la categoría de "enfermedad objetivable", la práctica médica hegemónica ha incurrido con frecuencia en la psicologización, la sospecha o directamente la invisibilización del sufrimiento de los y las pacientes, reduciendo el problema a una somatización individual o a una baja tolerancia al estrés.
Frente a ese reduccionismo, la sociología de la salud y los enfoques críticos —la medicina social latinoamericana y la salud colectiva— ofrecen otra plataforma. Para ellos, la salud y la enfermedad no son hechos de la naturaleza ni estados individuales, sino procesos históricamente situados y socialmente determinados. Desde ahí, el dolor crónico puede leerse como la corporización de las tensiones estructurales de la modernidad tardía: las desigualdades de género, la sobrecarga de la doble jornada —que combina trabajo productivo precarizado con trabajo reproductivo y de cuidados no remunerado— y las dinámicas de opresión institucional forman un entramado de sufrimiento social que se inscribe directamente en los cuerpos. Comprender la fibromialgia exige abandonar la búsqueda de una causa única y lineal, y adoptar una lectura donde lo biológico, lo social y lo histórico se coproducen mutuamente.
Lo que los números muestran
La epidemiología convencional no carece de datos, y son significativos. La prevalencia de la fibromialgia en la población general se estima entre el 2 y el 4%: unos cinco millones de personas solo en Estados Unidos. Pero esa aparente homogeneidad se fragmenta apenas se desagrega.
Por sexo, los estudios son consistentes: hay entre 7 y 9 casos femeninos por cada masculino. En España, el estudio EPISER estima una prevalencia general del 2,73%, y es allí la causa más frecuente de dolor musculoesquelético crónico difuso. Pero la brecha es enorme: 4,2% en mujeres frente a apenas 0,2% en varones. Esos números no son una curiosidad estadística: son la huella cuantificada de una desigualdad estructural que la epidemiología clásica anota, pero no interroga. Algunos autores advierten, además, que la prevalencia en varones podría estar subestimada: como la fibromialgia se asocia culturalmente con las mujeres, los varones con síntomas equivalentes tienden a recibir otros diagnósticos, lo que introduce una circularidad problemática en los propios datos.
Por territorio, la dispersión es igual de llamativa. En América Latina, la prevalencia va del 0,1% en Argentina al 9,5% en el Ecuador urbano. El paradigma clásico no ofrece para esa diferencia más explicación que las diferencias metodológicas, cuando en realidad interpela las condiciones materiales de vida y las estructuras de género de cada sociedad.
A esto se suma un problema de validez diagnóstica. Los criterios del American College of Rheumatology cambiaron: los de 1990 exigían al menos 11 de 18 puntos sensibles; los revisados en 2010 incorporan las manifestaciones subjetivas del padecimiento, aunque su adopción no fue uniforme entre países. Hasta un 14% de los pacientes diagnosticados con los criterios viejos no cumple los nuevos, lo cual no implica que hayan dejado de enfermar, sino que cambió el instrumento de medición. Así, la "fibromialgia" medida en los noventa no es estrictamente comparable con la de estudios posteriores: se erosiona la acumulación de evidencia que el propio modelo pretende construir, y queda a la vista que la definición misma del objeto de estudio es terreno de disputa.
Más grave aún es el retraso diagnóstico. A pesar de su prevalencia, la fibromialgia suele detectarse años después, en gran parte porque las pruebas médicas convencionales no muestran alteraciones claras, lo que genera frustración e incomprensión sostenida en las pacientes. Ese retraso no se distribuye al azar: recae con mayor peso sobre las mujeres, cuyas consultas por dolor difuso son históricamente más proclives a ser desestimadas o derivadas hacia explicaciones psicológicas. La epidemiología clásica lo registra como un problema de acceso o de demora, sin vincularlo con los mecanismos de descalificación institucional que afectan de forma diferencial a las pacientes. Y ese tiempo no es neutro: es tiempo de sufrimiento no reconocido, de tratamientos inadecuados y de una relación con el sistema de salud marcada por la sospecha y la invalidación.
Dos maneras de no ver
Estos datos abren preguntas que la epidemiología clásica no puede responder con sus herramientas: ¿por qué la brecha entre mujeres y varones es tan pronunciada y tan consistente entre culturas y países? ¿Por qué la prevalencia varía de manera tan drástica entre territorios con condiciones socioeconómicas y de género tan distintas? Ante ellas, el modelo hace dos movimientos que las clausuran en lugar de abrirlas.
El primero es individualizar el riesgo. Los estudios convencionales lo codifican en variables individuales abstractas —predisposición genética, hábitos de vida, rasgos de personalidad como la ansiedad—, con lo cual fragmentan la experiencia del sujeto y eluden las condiciones materiales y sociales que estructuran de manera desigual la vulnerabilidad. La brecha del estudio EPISER no se explica por una susceptibilidad genética individual. En el mejor de los casos, se incorporan variables como el nivel educativo o el estado civil, pero como atributos individuales más, sin conectarlas con las estructuras que las producen.
El segundo es psicologizar ante la ausencia de daño orgánico. Cuando la clínica no encuentra un biomarcador lineal, desplaza el padecimiento hacia el trastorno de somatización o la modulación alterada del dolor. Así, el diagnóstico queda construido de modo tal que el sexo y el estado psicológico se incorporan como características tácitas del trastorno, y se naturaliza lo que en realidad es resultado de una estructura social de opresión. El dolor queda bajo sospecha institucional: se interpreta como labilidad emocional individual antes que como emergente de condiciones de vida específicas. Las consecuencias son clínicas: el tratamiento se orienta a la farmacología psiquiátrica y a la terapia cognitivo-conductual individual, y se desarticula cualquier posibilidad de intervenir sobre las condiciones de trabajo y de vida que producen el padecimiento.
Este reduccionismo tiene un sesgo de género implícito y estructural. Como la fibromialgia afecta mayoritariamente a mujeres, la respuesta clásica reactualiza prejuicios históricos sobre la "inestabilidad emocional" femenina y clausura la investigación sobre cómo las estructuras de opresión y la sobrecarga psicofísica dañan los cuerpos de manera diferencial. La insistencia en cadenas causales lineales y en la objetivación anatomopatológica convirtió a este padecimiento en un "punto ciego" de la medicina hegemónica.
Lo que la epidemiología crítica sí ve
Es en ese límite donde la medicina social latinoamericana y la salud colectiva plantean una ruptura. Asa Cristina Laurell sostiene que el proceso salud-enfermedad no es un hecho puramente biológico o natural, sino histórico y socialmente determinado. Jaime Breilh propone reemplazar la noción lineal de "factores de riesgo" por la de determinación social de la salud: el modo en que las personas enferman y sufren está vinculado con las formas de organización de la producción y la reproducción social. No se trata de negar la dimensión biológica, sino de situarla dentro del proceso histórico que la condiciona.
Laurell muestra además que las cargas de trabajo —físicas, psíquicas y organizacionales— se inscriben en el cuerpo y producen patrones de desgaste según la posición de cada grupo en la estructura productiva. En las mujeres con fibromialgia, el dolor crónico puede interpretarse como la corporización de un desgaste estructural: el de la doble y triple jornada, con trabajos productivos muchas veces precarizados y flexibilizados sumados al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Desde esta perspectiva, la prevalencia diferencial que la epidemiología clásica solo anotaba cobra sentido: no es una característica biológica del sexo femenino, sino el resultado cuantificable de un régimen de trabajo y de vida asimétricamente distribuido. Incluso las variaciones entre países —la mayor prevalencia en el Ecuador urbano respecto de Argentina— pueden empezar a comprenderse si se incorporan al análisis los distintos grados de precarización laboral femenina, la extensión de la jornada de cuidados y el acceso diferencial a redes de soporte social.
A ese desgaste material se suma la dimensión simbólica. Eduardo Menéndez sostiene que la epidemiología no puede prescindir de los aspectos socioculturales si pretende comprender los padecimientos reales. La fibromialgia deja al descubierto un Modelo Médico Hegemónico que tiende a subordinar y descalificar el saber y el relato del paciente, porque requiere su pasividad para operar. La paciente que describe un dolor que no aparece en los análisis desafía la autoridad epistémica del médico, y la respuesta institucional —la sospecha, la derivación psiquiátrica, el diagnóstico diferido— es la forma en que esa autoridad se restituye. Menéndez llama a esto exclusión institucional. Es un malestar alienado que, como señala Teodori, expresa los nuevos ropajes del sufrimiento laboral y la explotación, y que encuentra en el cuerpo el único territorio disponible para manifestarse.
Bajo esta mirada, el retraso diagnóstico que la epidemiología registra como dato neutro se revela como una forma activa de violencia institucional. El dolor de la fibromialgia no es, entonces, un defecto biológico individual, sino un dolor político: el emergente somático de estructuras de género y de trabajo asimétricas y alienantes. Nombrar esto no es una metáfora: es una hipótesis explicativa que, a diferencia de la predisposición genética o la labilidad emocional, es susceptible de ser transformada mediante intervención social e institucional.
Qué hacer
Hay que pasar de la crítica teórica a la transformación de la práctica sanitaria. La evidencia es que el modelo actual produce retrasos diagnósticos de años, variaciones de prevalencia sin explicar y una descalificación sistemática del relato de las pacientes. Proponemos tres ejes que se retroalimentan:
Intervención transdisciplinaria y despatologizadora. Proponemos sustituir la consulta médica hegemónica, individual y burocratizada, por dispositivos de atención integrales: equipos horizontales donde interactúen la reumatología, la psicología crítica, el trabajo social y las terapias corporales, superando la derivación secuencial entre especialidades que reproduce la fragmentación del sujeto. El objetivo es desplazar la hipermedicalización sintomática, pautada en gran medida por los intereses de la industria farmacéutica, hacia una escucha clínica y sociológica que aloje el sufrimiento social y acompañe a la paciente en la reorganización de sus condiciones de vida y de trabajo. Eso implica también incorporar en la formación médica las perspectivas de género, de determinación social y de epidemiología crítica como herramientas clínicas concretas, no como complementos optativos.
Dispositivos grupales y colectivización del malestar. Como las opresiones de género y la sobrecarga de cuidados se viven con frecuencia en el aislamiento doméstico, proponemos crear talleres grupales en los centros de salud. Allí las mujeres pueden colectivizar su relato, desarmar la culpa individual que impone el diagnóstico biologicista y construir redes de soporte mutuo que interrumpan la violencia institucional. No es solo contención emocional: es un dispositivo que produce conocimiento sobre las condiciones de vida desde la perspectiva de quienes las padecen.
Monitoreo participativo y epidemiología comunitaria. Proponemos reemplazar los registros estadísticos tradicionales y cerrados por un sistema de monitoreo participativo, construido junto a las pacientes y las organizaciones territoriales, que evalúe de manera cuali-cuantitativa el uso del tiempo, las cargas de la doble jornada, el acceso a servicios de salud y los índices de precarización laboral. Permitiría, además, producir datos de prevalencia situados territorialmente, que capturen las condiciones sociales concretas que explican por qué la prevalencia varía tanto entre contextos latinoamericanos. Es también un acto político: devuelve a las comunidades la capacidad de nombrar y documentar su propio sufrimiento, y transforma a quienes lo padecen en agentes activos de la planificación sanitaria de sus territorios.
Cierre
El problema nunca fue la falta de datos: la epidemiología convencional produjo estimaciones, tasas y distribuciones reveladoras. Su límite es que no puede interrogar lo que sus propios números señalan: una brecha de hasta veinte veces entre mujeres y varones, retrasos de años que recaen sobre las pacientes y variaciones geográficas que ninguna diferencia metodológica alcanza a explicar. Nombrar la fibromialgia como un dolor político no implica negar su realidad clínica: implica ampliar el campo de lo que puede ser transformado. El abordaje propuesto —transdisciplinario, grupal y participativo— busca devolverle la soberanía a los cuerpos que duelen, y convertir el malestar individual en una interpelación colectiva a las estructuras sociales e institucionales que nos enferman. En última instancia, atender la fibromialgia con rigor es atender las condiciones de vida que la producen: y eso es, también, una tarea política.
El pasado 5 de junio falleció Carlos Alberto Solari. Con él se cierra el telón de una Argentina para la que él escribió. Con sus claroscuros, con sus promesas y decepciones, cada vez más displicente. El Indio se lleva con él mucho más que poesía y aglutinantes populares: a su lado se entierra un acuerdo fundamental que construimos desde 1983 y con renovada fuerza a partir del 2001: la Argentina debe ser democrática e inclusiva. En 2026 no parece ser el caso. No son estas ideas las que escapan del entierro y toman especial vigencia.
Allá por 1974 la pobreza Argentina alcanzaba alrededor del 5% de los hogares. Pocos años después, a partir del Rodrigazo, trepó al 20%. Umbral que perforó y sobrepasa con sus fluctuaciones desde hace 50 años. Ya durante el infame ‘76, Solari y compañía formaron Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. ¿Qué país les quedaba por capturar sino aquel donde los buenos habían vuelto pero pasaban cine de terror?
A partir de la recuperación de la democracia, nuestro país vive un proceso doble, de retroalimentación. Promesa, decepción. Promesa-decepción. La debacle hiperinflacionaria del radicalismo alfonsinista; la hegemonía mercado-aperturista del Partido Justicialista menemista; la crisis de la alianza y la cereza del 2001. Desde 1983 El Indio narra lo que pasa en la esquina, porque “es lo que un músico popular tiene que hacer”. No es difícil imaginar lo que ve: un país vaciado de conceptos cohesivos, de certezas (aunque efímeras), de seguridades imperfectas. Las falencias del Proceso solo se fueron institucionalmente, supo desperdigar huérfanos de un Estado maltrecho y amputado. Una economía hiper-financiera sin lugar para todos. O más bien, con lugares nuevos para la mayoría.
La crisis de la convertibilidad, el corralito, diciembre del 2001. El resultado de las recetas post autoritarias devino en un Estado que escapa de su pueblo. Literalmente, en helicóptero. Una vez reconstruido el lazo político, social, y económico, tendimos a nuestras heridas y planteamos curas acordes. La vuelta de la comunidad, de la nación unida, de un Estado que acompañe. El espíritu de época que creía en la comunidad y el progreso. Ciencia, técnica, innovación. La integración de la Argentina entera, ¿y por qué no de sus vecinos también? Rápidamente, nuestra estrella se agotó.
El interregno Kirchnerista, que parecía la regla post estallido social, hoy está en crisis (¿qué no lo está?). En el pan-queso-pan de ajuste y gobiernos nacional-populares, hoy nos toca vivir otra arremetida del modelo liberal. Pero esta vez es diferente. Es más contundente, es más extremo, y quizás lo que más me extraña: es popular. Las letras del indio nos dicen mucho, pero el rédito político se lo ha sabido llevar el signo que nos trajo a donde estamos hoy. Aquellos que se vanaglorian del individualismo, del todos contra todos. Esos diagnósticos que atormentaban al Indio hasta en sus últimos días: “el ciudadano común (...) está ocupado tratando de sobrevivir (...) todo eso te deja sin margen para pensar en comunidad. Y cuando no hay comunidad, aparece el sálvese quien pueda.”
Hoy mientras la Argentina sigue duelando a uno de sus mejores poetas, yo duelo a uno de sus mejores quiromantes. Presiento que tendremos a muchos más pibes de los astilleros entre nosotros, que deban salir a rapiñar montados a containers. Pero intuyo que no serán pibes de astilleros, estos están de salida. Serán solo pibes. O mejor dicho, pibes solos.
"Y hoy ha llegado un nuevo tiempo, pero tú, tú no te has dado cuenta"
Vasili Grossman - Vida y Destino
Las brújulas que durante mucho tiempo guiaron a quienes tenemos una sensibilidad de izquierda se descalibraron. Algunos, por su resistencia a cambiarlas, corren el riesgo de que les estallen en las manos. El esfuerzo que debemos hacer para asumir su inutilidad es enorme; pero si no lo hacemos vamos a perdernos en un inmenso y desconocido desierto.
El tiempo avanza a velocidades que todavía no podemos o no queremos reconocer. El futuro, como muchas veces a lo largo de nuestra historia, parece estar en manos de unos pocos. Sin embargo, a diferencia de otros tiempos, los tecnomagnates –que se erigen como los conductores de esta nueva época– parecen encontrarse a miles de kilómetros de distancia de quienes estamos parados en la vereda opuesta, tan solo observando su indetenible avance.
Ellos siguen su camino sin mirar a quienes tienen al lado. Algunos lo hacen por su incapacidad para empatizar con los marginados; otros porque encuentran cierto regocijo en dejarlos ahí, solos y abandonados.
Desde hace algunos años, y sin que muchos lo podamos vislumbrar, un determinado grupo de personas –Curtis Yarvin, Nick Land, Peter Thiel, entre otros– empezó a fabricar las brújulas y a escribir las coordenadas que parecen guiar el siglo XXI. Al mismo tiempo que la inteligencia artificial comenzó a desarrollarse, un universo ideológico bautizado como "La Ilustración Oscura" se empezó a consolidar. Una de las figuras más visibles de esta tendencia es nuestro flamante “compatriota” Peter Thiel: un tecnomagnate que, a diferencia de las grandes fortunas pasadas, tiene una vasta formación filosófica. Sus lecturas van desde René Girard –del que toma el concepto de mímesis, en donde el ser humano desea a partir de la imitación de los deseos de otros– a Carl Schmitt, Ayn Rand y Leo Strauss. La empresa de inteligencia artificial Palantir, que Thiel cofundó junto al filósofo Alex Karp, puede ser el ejemplo más firme de este nuevo tipo de empresas donde se combinan empresarios y teóricos. Fundada en 2003, Palantir brinda sus servicios de macrodatos al Pentágono, el FBI y la CIA; y es una de las nuevas armas que el ejército estadounidense se encuentra utilizando en las operaciones militares que se están llevando a cabo en Irán.
Uno de los que parece agarrar la brújula elaborada por Thiel y los ideólogos afines –que tienen un severo desprecio por la democracia y por la soberanía de los Estados-nación– es Javier Milei. Da la impresión de que el presidente argentino piensa que se avecina un futuro en el que el mundo va a estar controlado materialmente por los tecnomagnates e ideológicamente bajo algunas de las coordenadas teóricas planteadas por la “Ilustración Oscura”. Si bien Milei tenía, previo a su encuentro con Thiel, ciertos puntos en común con el crítico del estancamiento producido por Silicon Valley, algunas de sus propuestas de gobierno parecen marcar que está decidido a entregar el futuro de nuestra sociedad al destino elegido por los multimillonarios dueños de empresas tecnológicas y a la IA. Para esta nota, seleccioné tres propuestas diferentes que se encuentran en distintas instancias de ejecución.
La primera de estas medidas fue anunciada el pasado 22 de mayo, cuando el Ministerio de Capital Humano comunicó vía X la implementación del “Gemelo Digital Social”. En su posteo, Javier Milei escribió: “ARGENTINA SE ADELANTA AL FUTURO, PORQUE EL FUTURO NO ESPERA. Por primera vez, nuestro país lidera el futuro social. El Ministerio de Capital Humano presenta el Gemelo Digital: un cambio de paradigma en la política social con el uso de Inteligencia Artificial”. Esta herramienta es un sistema de inteligencia artificial que tiene la capacidad de recopilar datos para predecir, anticipar y proyectar el impacto de diversas políticas públicas. A partir de ella, el gobierno buscaba que el Estado tenga la capacidad de anticipar las consecuencias y reacciones a sus medidas y revertir la lógica actual, en la que solamente puede actuar una vez que las decisiones ya fueron tomadas. Si bien el “Gemelo Digital” se utilizó en otros países, generalmente fue en áreas vinculadas con la energía, el urbanismo o la infraestructura. En cambio, el gobierno argentino buscaba aplicarlo al ámbito social. A raíz de esta decisión, podemos hacernos muchas preguntas: ¿qué datos se van a utilizar? ¿Cuál va a ser la compañía que preste los servicios para tomar y procesar información de la población? ¿Podría ser Palantir? (No sería raro que vuelva a rondar el nombre de Thiel). ¿Quién va a controlar la utilización de esos datos?
Pese al anuncio grandilocuente efectuado tanto por el Ministerio de Capital Humano como por el presidente Javier Milei –que ya nos tiene acostumbrados a hiperbolizar cada una de sus medidas–, el gobierno tuvo que desdecirse. Ante el pedido de acceso a la información por parte de algunos actores públicos, como la página Chequeado, el gobierno contradijo su propio anuncio al responder que “este proyecto al día de hoy no se tiene en curso, ni en etapa de diseño”.
La segunda de las propuestas lanzadas por Milei y su equipo económico es el Súper RIGI, que ya cuenta con media sanción otorgada por la Cámara de Diputados. Parece que no bastó con otorgarles beneficios extraordinarios a los inversores extranjeros con el primer RIGI; ahora quieren ampliarlos. El proyecto contempla múltiples reducciones impositivas para los inversores. Entre ellas se encuentra la reducción al 15% del impuesto a las ganancias y la baja al 10% de las contribuciones patronales para los nuevos empleos. A su vez, el Súper RIGI brinda exenciones en el derecho de exportación y la eliminación de los derechos de importación para todos los bienes que estén relacionados con los proyectos que puedan inscribirse en este mecanismo. Con estos beneficios, el gobierno de Javier Milei busca captar grandes inversiones de las llamadas “industrias del futuro”. La instalación de data centers en el país –esa infraestructura material que permite el funcionamiento de las empresas de inteligencia artificial– es uno de los principales objetivos que tiene el Súper RIGI. Ahora, ¿podrá el gobierno cumplir con su objetivo de atraer a los inversores extranjeros y a los dueños de las industrias del futuro –sedientos de energía, agua y litio– a costa de entregarles esos mismos recursos?
La última, y quizá la más controversial de todas, es el proyecto que pretende modificar la Ley de Sociedades. Con esta propuesta buscan introducir dos nuevas figuras legales: las sociedades automatizadas y las “Organizaciones Autónomas Descentralizadas” (DAO, en inglés). Las sociedades automatizadas darían la posibilidad a empresas de poder operar de forma autónoma mediante algoritmos e IA. El proyecto que envió el gobierno les otorgaría capacidad jurídica plena, por lo que podrían celebrar actos con terceros y tener responsabilidad limitada (en el caso de causar algún daño, responderían con el patrimonio de la sociedad). En cuanto a las DAO, estas operan a partir de contratos inteligentes que se encuentran dentro de un blockchain. Un informe de la UNLP dice que, a diferencia de las sociedades automatizadas, “la DAO se basa en contratos inteligentes y una estructura de poder repartida entre sus miembros/token holders”. En el artículo que Milei escribió en el Financial Times, dice que basa su proyecto en los siguientes tres pilares: “mantener la IA sin regular para que pueda desarrollarse libremente; la creación de una nueva categoría jurídica en Argentina: la sociedad automatizada. Se trata de entidades operadas por agentes de inteligencia artificial o robots; y un entorno fiscal competitivo”.
Estos cambios legales que busca introducir el gobierno no hacen más que profundizar una financiarización de la economía argentina ya que no hay ningún vínculo entre estas nuevas figuras y la generación de empleo o la producción de bienes. A esto se suma que uno de los problemas que señalan expertos en esta materia es la alta posibilidad de que estas sociedades sean un refugio para capitales ilícitos, ya que es muy difícil identificar quiénes son los dueños detrás de estas estructuras. Ante este panorama, me pregunto: ¿Y si nos terminamos convirtiendo en un nuevo paraíso fiscal?
Sin embargo, la presidenta del bloque de La Libertad Avanza en el Senado, Patricia Bullrich, intentó matizar la propuesta que hoy se debate en la cámara. Hace unas semanas, la exministra de Seguridad anunció que la propuesta ideada por Federico Sturzenegger sufriría un cambio radical: va a seguir habiendo un control humano en estas nuevas sociedades.
Espero que esto no quede en una mera declaración para bajar la espuma de una medida que fue criticada por personas como Yuval Noah Harari, sino que este cambio en la ley se termine efectuando. De no llevarse a cabo una inclusión real y eficaz de seres humanos en las sociedades automatizadas, podemos hacernos la misma inquietante pregunta que plantea Harari en la entrevista que le hizo The Economist hace unas semanas: “¿qué termina siendo la responsabilidad para una entidad como la IA que no tiene la capacidad de sufrir?”.
Mientras Milei sigue avanzando con propuestas que buscan cambiar la estructura del país por los próximos años (el Súper RIGI tiene la intención de extender estos beneficios por 30 años), otros seguimos inmovilizados en la vereda opuesta observando este avance y con tan solo tres opciones en nuestras manos que no hacen más que mantenernos estancados. La primera de ellas es la resistencia y la defensa de derechos que pensábamos, erróneamente, ya adquiridos. Esto no significa que esté mal esta posición, pero sí la creo insuficiente –parece que la capacidad de soñar con un futuro es exclusiva de los defensores a ultranza de un capitalismo desenfrenado. La segunda es la inmersión en debates estériles por ver quién comanda un cambio (¿qué cambio?). Y la tercera es seguir mirando tercamente una brújula ya descompuesta para que nos guíe en este camino hacia el porvenir.
Por ahora, tan solo somos incómodos pasajeros a bordo de un avión piloteado por tecnomagnates que nos conducen hacia un futuro comandado por ellos y la IA (que, pese a las apariencias, no es otra cosa que ellos). Y mientras seguimos paralizados en estas tres opciones, cabe preguntarse algo que, quizá, en otros cambios de época no hacía falta: ¿somos todos bienvenidos a esta nueva era o ante el irrefrenable cambio climático, que echa toneladas de leña a la llama que acelera el fin de los tiempos, esta nueva etapa va a quedar disponible solo para los poderosos con capacidad para exiliarse del deteriorado planeta Tierra?
Desde hace unos años, gran parte de los millennials y de la generación Z argentinos –en lo que bien puede considerarse un fenómeno mundial, catalizado por el surgimiento y la posterior masificación de las redes sociales– hicieron su propio repliegue hacia lo individual. La pérdida de confianza en las instituciones gubernamentales y, también, en los movimientos colectivos –ya sean partidos políticos o sindicatos– vino de la mano del resurgimiento de una concepción plenamente individualista de nuestras vidas.
No obstante, el retorno a lo individual no es un fenómeno únicamente de nuestros tiempos. Veintitrés siglos atrás, el sujeto aristotélico –un animal político para el que la ética es inseparable de la vida en la polis– vio erosionada su identidad ante la pérdida de autonomía que sufrieron las polis griegas a manos de los macedonios. ¿Qué solución encontraron aquellos ciudadanos? Un repliegue hacia el individuo. En ese momento comenzó a surgir una escuela de pensamiento cuyo principal eje consistía en encontrar la libertad interior, y que volvió a tener un lugar preponderante en nuestros tiempos: el estoicismo. Como las polis ya no podían ser autónomas, la autonomía debía buscarse en uno mismo. El centro de gravedad dejó de ser la vida ética del ciudadano desde la participación política y pasó a ser la propia persona.
Hoy, los discursos individualistas, fogoneados desde hace tiempo por influencers con millones de seguidores y por políticos mainstream (llámese el “colorado masivo” desde su departamento en Puerto Madero o el presidente de la nación), vienen calando cada vez más hondo en la sociedad. Ante la falta de soluciones prácticas a los problemas del país por parte de gobernantes que se jactan de representar una ideología que valora lo colectivo, las personas que vivieron gran parte de su vida con tasas altísimas de desempleo, informalidad laboral, indigencia y pobreza, además de la necesidad de volcarse al pluriempleo para llegar a fin de mes, empezaron a mirar con creciente credulidad las ideas de “emprendedurismo”, “sálvese quien pueda”, “sé tu propio jefe” y una larga sarta de conceptos que están vinculados con lo mismo: el regreso a lo individual y el abandono de lo colectivo. Como dijo Pablo Semán en After Office Now: “No hay individualismo sin representaciones sociales colectivas que valoren positivamente ciertos desempeños. Por ejemplo: ser autónomo, ser responsable, el desempeño, etc.” A esto me animo a agregar otra valoración: tener guita.
Este último valor, tan presente en la sociedad de hoy, choca de frente con la idea de desapego de lo material que tenían los estoicos. Parece que los vendedores de cursos no terminan de entenderlos. Pasamos del desapego de los bienes a su absoluta acumulación, de que los bienes no nos posean a valorar a la persona por cuántos ceros tiene en el banco, por lo caro del Rolex que se calza en la muñeca o por cuántos autos de lujo tiene. Lo único que les importa de los estoicos es el paso de la sociedad a uno mismo.
Esta nueva proliferación de identidades individuales se refleja también en la caída de la afiliación partidaria. Según los datos oficiales que publicó la Cámara Nacional Electoral en 2025, hoy el país cuenta con 7.937.948 afiliados, lo que representa un 22% del padrón electoral. Si nos remontamos a 2007 –en vísperas del auge de La Cámpora y sin una derecha partidaria fuerte– la cantidad de afiliados era de 8.292.347, el 30% de la totalidad del padrón en ese momento. Cabe aclarar que La Libertad Avanza, partido al que se afiliaron muchos jóvenes desde que Milei asumió la presidencia, tiene un enfoque filosófico totalmente individualista (bordeando la línea de decir que el pobre es pobre porque quiere y que la única forma de progresar en la vida es a partir de la voluntad que uno le ponga).
La forma en que las personas eligen representarse también puede revelarnos este giro individualista. Ante la pregunta “¿cómo te identificás?”, parece cada vez más normal encontrarse con respuestas como feliz, creativo/a, emprendedor/a, alegre, resiliente, productivo/a, y tantos otros adjetivos que apuntan todos en una misma dirección: categorías que describen cualidades individuales de las personas. En cambio, durante gran parte del siglo XX, si se hubiera hecho exactamente la misma pregunta, las respuestas habrían sido otras: peronista, anarquista, comunista, católico, nacionalista, conservador, obrero, sindicalista, etc. El cambio en las posibles respuestas que se habrían dado en ambas épocas no implica ni que estas identidades hayan desaparecido completamente ni que todas las personas en el siglo pasado hayan tenido una identidad colectiva bien marcada. Sin embargo, sí da cuenta de un desplazamiento en el centro de gravedad identitario, ya que cada vez es más frecuente definirse a partir de un atributo personal que hacerlo desde un grupo de pertenencia. Quizá el último bastión de una identidad colectiva fuerte y masiva sea la feminista.
Esta expansión de las identidades individuales, de la mirada puesta en uno mismo y no en quienes nos rodean, no se reduce a la política. En el mundo editorial, los libros de autoayuda viven un boom extraordinario. Estas recetas fáciles para problemas vitales también están entrando de lleno en la sociedad. Libros como No te Creas Todo lo que Piensas, de Joseph Nguyen; Este Dolor no es Mío, de Mark Wolynn; o La Teoría Let Them: la clave está en soltar, de Mel Robbins (autora bestseller del New York Times), están entre los más vendidos en las librerías.
El viejo repliegue estoico vuelve a nuestra era, pero transformado a conveniencia de las ideas que imperan en la actualidad: ya no hay desapego sino eficiencia, alto rendimiento, generación constante de valor y productividad. Yo-productivo, yo-enorme, yo-eficaz, yo-dios; como la realidad no se puede controlar, voy a controlar lo único que está a mi alcance: yo (Freud se estaría cagando de la risa).
Ante todo este panorama, ¿cómo podemos actuar quienes creemos en la importancia de los espacios colectivos y en un alejamiento del encierro individual como salida ante las profundas crisis personales, sociales y políticas que vive el país? ¿Volver a buscar las viejas identidades y organizaciones colectivas? ¿Esperar que de la nada vuelvan a surgir? El tiempo pasó. El mundo no es el mismo del siglo XX en donde lo colectivo era más popular que hoy. Las viejas identidades difícilmente vuelvan intactas. Lo más probable es que el tiempo de algunas ya haya pasado.
El desafío que se impone hoy es buscar el surgimiento de nuevas identidades colectivas. La disputa que se plantea no es recuperar lo perdido, sino pensar qué tipo de nosotros puede llegar a surgir después de la victoria del yo.